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29.09.2026
El color del Vino
Por: Carolina Vásquez Binner

Sobre la mesa, una copa de vino. La tarde comienza a caer y un último rayo de sol se deja ver tras el cristal.

El centro de la copa parece oscuro y profundo. Hacia los bordes se dejan ver destellos violetas, púrpuras, rubíes. Basta inclinar suavemente para descubrir que dentro de una misma copa de vino pueden convivir varios colores.

El vino tiene esa particular manera de presentarse. Se deja mirar y, al hacerlo, viajamos tras ese color rojo que nació en Colchagua, con las parras extendiéndose hacia los cerros, la tierra tibia y los racimos esperando el momento preciso de la vendimia.

Un Carménère chileno joven puede vestir tonos rojos intensos y violáceos. Al degustar, su textura amable invita a otro sorbo, mientras aparecen frutas maduras, especias y esas notas herbales que lo distinguen.

El vino blanco tiene otra luz.

Un Sauvignon Blanc joven puede mostrarse amarillo pálido, brillante, con delicados reflejos verdosos, casi como esas mañanas frías en que la neblina todavía descansa sobre las viñas de Casablanca y el sol comienza lentamente a atravesarla.

El Chardonnay puede contar otra historia. Su amarillo es mas intenso hasta rozar el dorado. Hay copas que con el, parecen haber guardado un poco del sol en su interior.

El rosado y su elegancia se quedan en ese tránsito entre el rosa tenue, el salmón y el coral, que parece guardar el secreto de un encuentro más breve entre el jugo y la piel de la uva. No necesita la intensidad del tinto ni la luminosidad del blanco para hacerse presente.

Mirar un vino también es ver el tiempo que pasa por la copa. El vino envejece y su color envejece con él, como si llevara un registro silencioso de su propia historia.

El vino y sus tonalidades nos recuerdan ciertos atardeceres de Chile. Esos minutos en que la cordillera comienza a oscurecerse y el cielo conserva todavía algo de rojo, dorado y rosado antes de despedir el día.

Volvemos entonces a aquella copa sobre la mesa. Parece ser la misma, pero después de mirarla con atención ya no lo es. En ella ahora encontramos, paisaje, tiempo, aromas, una cosecha y una historia esperando detrás del cristal.

La tarde finalmente cae. Tomamos la copa entre las manos y la acercamos una vez más a la luz, logrando entender que la experiencia comienza en ese instante en que nos detenemos a admirar el color que él nos regala, mucho antes del primer sorbo.